Hay momentos frente al paisaje en los que siento que la Tierra entera se levanta ante mis ojos. Montañas que parecen no terminar nunca, cielos que se abren sobre una inmensidad difícil de comprender. Y yo ahí, pequeño, absolutamente pequeño, sintiendo que tengo el privilegio de estar presenciando algo extraordinario.
Me gusta caminar hasta sentir el cansancio en las piernas. Detenerme, mirar lejos, dejar que el viento me golpee la cara. Sentir esa emoción que a veces llega sin aviso y me eriza la piel. Hay una felicidad enorme en esos momentos. Una felicidad casi infantil, de esas que nos hacen olvidar la edad, las preocupaciones y todo lo que dejamos atrás para llegar hasta allí.
Con los años he comprendido que esa es mi verdadera relación con la fotografía. La cámara viene después. Primero está el asombro, esa necesidad de quedarme un poco más, de seguir mirando aunque crea haberlo visto todo. Porque siempre aparece algo que no había descubierto: una luz, una forma, una distancia que de pronto parece infinita.
Y entonces intento hacer una fotografía. Sabiendo que ninguna imagen podrá contener realmente lo que estoy sintiendo. Que hay una parte de esa experiencia que se quedará para siempre en aquel lugar, entre aquellas montañas, bajo aquel cielo.
Pero sigo intentándolo.
Porque quisiera que alguien, al mirar una de mis fotografías, sintiera por un instante lo mismo que sentí yo. Que se olvidara de todo, que volviera a maravillarse como un niño, que comprendiera lo extraordinario que es simplemente estar aquí, en este mundo.
Frente a ciertas montañas he sentido que la vida entera no alcanza para tanta belleza. Y aun así, qué inmensa fortuna haber nacido a tiempo para contemplarlas.
Y vuelvo a aquellas palabras que escribí hace tantos años, porque sigo creyendo exactamente lo mismo:
«Dejarse llevar, mirar lejos, jugar con cada elemento que nos brinda el paisaje, emocionarse, maravillarse... sentir que los pelos se nos paran cuando estamos ahí, querer seguir, disfrutar el cansancio... esa “agradable sensación de cansancio”, sentir que poco a poco nos vamos fundiendo con el paisaje en el que estamos, sacudirnos todo, ser nosotros mismos, disfrutar como niños... sólo así podremos tener alguna posibilidad de transmitir emociones a través de nuestras imágenes».
GVIVANCO
