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Lo que busco cuando hago una fotografía

No sabría decir exactamente cuándo comenzó todo esto. Siempre me gustó la naturaleza, salir a la montaña, viajar, conocer lugares nuevos. La fotografía apareció como una forma de llevarme algo de esos viajes, pero con los años terminó ocupando un lugar en mi vida que nunca imaginé.

He pasado buena parte de mi vida trabajando en algo que tiene poco que ver con el arte. Soy ingeniero, me gustan la tecnología, los números y entender cómo funcionan las cosas. Quizás por eso me resulta tan interesante la fotografía. Porque hay algo en ella que no consigo resolver con la lógica, por mucho que lo intente.

Me gustan las montañas. Mucho. Me gusta caminar por ellas, sentir el frío, el viento, el cansancio. Disfruto incluso esos días en que las cosas salen mal, cuando hay que cambiar los planes o regresar sin haber conseguido la fotografía que tenía en la cabeza. Aunque debo reconocer que en ese momento no siempre lo disfruto tanto.

He tenido la suerte de conocer lugares extraordinarios. Antártica, por ejemplo, fue una experiencia que me cambió la manera de mirar. Llegar hasta allá en un velero, después de cruzar el Drake, y encontrarse frente a esas enormes paredes de hielo es algo que cuesta poner en palabras. Y aunque hice muchas fotografías, hay cosas de ese viaje que ninguna imagen consigue contar.

Con el tiempo también he empezado a mirar de otra manera mis propias fotografías. Algunas que hace años me parecían extraordinarias hoy me dicen bastante poco. Otras, que entonces casi descarté, ahora me interesan mucho más. Supongo que uno cambia y su manera de mirar también.

Nunca me ha interesado demasiado fotografiar un lugar solo para demostrar que estuve allí. Me importa lo que ocurre cuando me encuentro frente a él. A veces es la luz, otras una forma, una sombra o algo que ni siquiera consigo identificar en ese momento. Puedo quedarme largo rato buscando cómo hacer una fotografía y terminar sin hacer ninguna.

También me he vuelto más consciente de lo que estoy viendo. Cuando fotografío un glaciar, por ejemplo, me cuesta separar su belleza de la posibilidad de que algún día ya no esté. No quiero convertir cada fotografía en una denuncia, pero tampoco me parece honesto ignorar lo que ocurre frente a mis ojos.

No tengo muy claro hacia dónde irá mi fotografía en los próximos años. He aprendido a desconfiar un poco de las certezas, especialmente de las propias. Todavía cometo errores, sigo haciendo fotografías que después no me gustan y, de vez en cuando, consigo alguna que me produce una alegría enorme.

Hay algo que, afortunadamente, no ha cambiado. Puedo pasar horas frente a un paisaje, buscando una composición, esperando que cambie la luz o tratando de entender qué fue lo que me llamó la atención. A veces termino haciendo una fotografía que me gusta. Otras, simplemente disfruto de haber estado allí. Y confieso que sigo emocionándome cuando veo en la pantalla de la cámara una imagen que se parece a lo que imaginé.

A mis 63 años sigo entusiasmándome como un niño con la posibilidad de hacer una buena fotografía.

Y eso, para mí, ya es bastante.

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