El pasado 30 de septiembre tuve la oportunidad de compartir una charla en la Corporación Cultural CALA sobre un tema que me viene dando vueltas desde hace tiempo: nuestra manera de mirar y fotografiar el paisaje.
Llevo muchos años fotografiando naturaleza. He recorrido montañas, desiertos, hielos y lugares que todavía me cuesta describir con palabras. Y sigo sintiendo la misma fascinación frente a un paisaje extraordinario. Pero con los años también han aparecido otras preguntas. ¿Qué estamos mostrando realmente cuando fotografiamos un lugar? ¿Cuánto de lo que vemos pertenece al territorio y cuánto a nuestra propia manera de mirarlo? ¿Puede una fotografía ir más allá de provocar admiración?
La puntada final llegó durante una conversación con Julia Lafée, de la Corporación Cultural CALA (IG @lafeej). Hablábamos de fotografía y de paisaje cuando Julia me dijo algo que se me quedó dando vueltas: «El paisaje no muerde».
Esa frase terminó por abrir la pregunta que dio origen a esta investigación. ¿Es realmente así? ¿El paisaje es siempre inocente? ¿Puede una fotografía, además de mostrarnos algo hermoso, incomodarnos, cuestionarnos o cambiar nuestra manera de entender un lugar?
De esas inquietudes nació Cuando el paisaje muerde.
Una de las primeras ideas que quise desarrollar fue la diferencia entre naturaleza, territorio y paisaje. Tres conceptos que solemos utilizar como si fueran lo mismo, pero que no lo son. La naturaleza existe independientemente de nosotros. El territorio tiene historia, habitantes, transformaciones y relaciones. El paisaje, en cambio, aparece cuando alguien mira ese territorio, selecciona una parte, decide qué mostrar y qué dejar fuera.
Y ahí comienza una discusión que me parece especialmente interesante para quienes hacemos fotografía.
Porque una imagen puede ser técnicamente impecable, tener una luz extraordinaria y una composición perfecta, pero no necesariamente decir mucho más. También puede ocurrir lo contrario: una fotografía aparentemente sencilla puede contener una historia capaz de cambiar por completo nuestra percepción de aquello que estamos mirando.
Para preparar esta charla investigué distintas maneras de entender y representar el paisaje, desde la pintura de Turner hasta la fotografía contemporánea de Edward Burtynsky, Richard Misrach, Nadav Kander y varios autores chilenos. Encontré trabajos donde la belleza convive con la destrucción, donde una montaña puede ser en realidad una acumulación de residuos mineros y donde aquello que no aparece en la fotografía puede ser tan importante como lo que vemos.
La investigación también me llevó a cuestionar una idea bastante extendida: que la fotografía de paisaje consiste principalmente en encontrar lugares hermosos y representarlos de la mejor manera posible. Esa es una forma perfectamente válida de fotografiar, y una que personalmente sigo disfrutando. Pero la historia del arte y de la fotografía muestra que el paisaje tiene muchas otras posibilidades.
La tesis que atraviesa el documento es que el paisaje puede ir mucho más allá de la contemplación. Puede hablar de memoria, de poder, de ausencia, de transformación y de nuestra propia relación con el territorio. Puede incluso incomodarnos.
De ahí viene el título. Un paisaje muerde cuando algo modifica nuestra primera impresión, cuando descubrimos que detrás de una imagen hermosa existe una historia que no habíamos visto. Y esa nueva comprensión hace que ya no podamos mirarla de la misma manera.
No quise plantear esta reflexión como una crítica a la fotografía de naturaleza ni como una invitación a abandonar la belleza. Sería bastante contradictorio con mi propio trabajo. Me interesaba abrir una conversación sobre las posibilidades de nuestro lenguaje fotográfico y, de paso, cuestionar algunas de mis propias certezas.
El documento que comparto a continuación reúne la investigación que preparé para esa charla, sus referencias, los artistas y obras que estudié, y algunas reflexiones sobre mis fotografías de Antártica.
Hay una pregunta que atraviesa todo el trabajo y que, probablemente, seguirá acompañándome cada vez que levante la cámara:
¿Qué ocurre después de la belleza?
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