Series
fotográficas
Una selección de proyectos desarrollados como cuerpos de obra independientes. Cada serie propone una forma distinta de entrar en el paisaje.
Una forma de mirar el mundo
Fotógrafo chileno cuya obra explora el paisaje como una forma de pensamiento. Sus imágenes nacen de una relación directa con la montaña, el hielo, el agua, el viento y los lugares donde la naturaleza hace visible el paso del tiempo.
Más que describir la geografía, su trabajo busca comprender cómo el paisaje transforma nuestra mirada y revela algo de nosotros mismos.
Conocer al autor →“Fotografiar es entrar en el silencio hasta que el paisaje se rompa dentro de nosotros. La imagen nace de esa grieta: no para explicar el mundo, sino para dejarlo hablar.”GVIVANCO

Más Allá
del Tiempo
Una expedición personal hacia un paisaje donde el tiempo se vuelve visible.
En febrero de 2023 zarpamos desde Puerto Williams a bordo del velero Sonabia II. Después de cruzar el mar de Drake llegamos a la península Antártica, a un paisaje tan inmenso y primordial que por momentos parecía estar fuera del mundo. Fueron veintiséis días navegando y, al volver, comprendí que hay paisajes de los que uno nunca regresa por completo.
No fui a buscar solamente fotografías. Fui hacia un paisaje donde el tiempo podía leerse.
Aparecía en las capas del hielo, en sus grietas, en los colores que asomaban bajo el blanco, en las formas que lentamente nacen y desaparecen. Cada iceberg contiene una historia mucho más antigua que nosotros.
Durante la travesía mi forma de mirar fue cambiando. La inmensidad comenzó a llevarme hacia los detalles. Dejé de ver solo montañas, glaciares y témpanos. Comencé a ver huellas.
Más Allá del Tiempo nace de ese encuentro: la experiencia de entrar en un paisaje donde el tiempo se vuelve visible y el ser humano comprende, por un instante, su verdadera escala.






Archivo
Antártico
Veintiséis días frente a una materia que cambia sin dejar de ser antigua.






























El fin del mundo y el comienzo de otra mirada
Mi relación con esta travesía comenzó mucho antes de llegar a Antártica. En enero de 2016 navegué por primera vez hasta Cabo de Hornos y conocí a Eric, capitán del Sonabia. Hasta entonces, el mar había sido para mí un territorio más bien lejano. Yo venía de la montaña, de caminarla desde niño, de aprender sus cambios, sus riesgos y su forma de ordenar el mundo. Pero aquella navegación abrió otra puerta. Desde ese momento comencé a imaginar un viaje todavía más al sur.
El sueño tardó siete años en hacerse realidad. En febrero de 2023 zarpamos desde Puerto Williams a bordo del Sonabia II. Éramos seis personas dentro de un velero de quince metros, compartiendo durante veintiséis días un espacio pequeño frente a una geografía inmensa. Cruzamos el mar de Drake, navegamos entre hielo y regresamos por una ruta donde el clima nunca dejó de recordarnos quién tenía realmente el control.
La preparación había comenzado casi un año antes. Revisé una y otra vez equipos, ropa, medicamentos y cámaras. Llevé más cosas de las necesarias, probablemente porque planificar era mi manera de enfrentar el miedo. Junto a las cámaras digitales también viajaron dos cámaras análogas y una bitácora hecha a mano. Había algo en mí que necesitaba volver a una fotografía más lenta, sin pantalla, sin confirmaciones inmediatas. Mirar, decidir y aceptar que la imagen permanecería invisible hasta mucho después.
Viajar a Antártica en un velero no fue solamente una forma de llegar. Era vivir dentro del trayecto. Sentir el movimiento constante del mar, escuchar el viento contra la embarcación y, ya en aguas antárticas, oír los fragmentos de hielo rozando el casco. No había una distancia cómoda entre nosotros y el paisaje. Estábamos expuestos a él, atravesándolo y siendo atravesados al mismo tiempo.
Cuando finalmente aparecieron las primeras montañas de la península Antártica, venía cansado después de varios días de navegación. Sin embargo, bastó ver aquella geografía abriéndose frente a nosotros para que el cuerpo despertara de nuevo. Antártica no era plana ni completamente blanca. Había azules que parecían venir desde el interior del hielo, montañas que se levantaban directamente desde el mar y formas difíciles de relacionar con cualquier paisaje conocido.
Durante los primeros días fotografié la inmensidad. Quería comprender la escala, dar cuenta de esos glaciares y montañas que parecían no terminar. Poco a poco, algo comenzó a cambiar. La mirada dejó de buscar solamente lo monumental y empezó a acercarse a las grietas, a las capas, a los colores ocultos bajo el blanco. Dejé de ver solo grandes masas de hielo. Comencé a ver huellas.
Ese cambio se produjo lentamente, casi sin que me diera cuenta. Antártica dejó de ser un lugar al que había llegado para convertirse en una pregunta. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí cada una de esas formas? ¿Qué historia podía contener un fragmento de hielo a la deriva? ¿Qué significaba estar frente a una memoria natural mucho más antigua que nosotros?
Al regresar, me tomó cerca de un año revisar el material. Lo hice siguiendo el viaje día por día, como si volviera a navegarlo. En esa edición comprendí que mis fotografías también habían cambiado durante la travesía. Las primeras miraban hacia afuera; las últimas parecían estar buscando algo más profundo.
Fueron veintiséis días navegando y, al volver, comprendí que hay paisajes de los que uno nunca regresa por completo.
Volver a obra ↑





El viaje detrás de la obra
Una película sobre los veintiséis días de navegación que dieron origen a esta serie.
